El FAOT y el Gobierno que sí se organiza.
Álamos cerró su edición 41 con más gente, más dinero en circulación y sin incidentes. El festival volvió a medir la capacidad real del gobierno municipal para coordinar, ordenar y sostener un evento que ya rebasa lo cultural.
Subrayado y con Negritas.
Por Gerardo Castro Ruiz.
El Festival Alfonso Ortiz Tirado no es solo un programa artístico. En Álamos funciona como una prueba de resistencia para la ciudad, para su gobierno y para la relación entre cultura, turismo y orden público. La edición 41 dejó números que pesan y escenas que cuentan más que cualquier boletín. Nueve días, 115 mil 462 personas caminando por calles estrechas, plazas llenas y foros abiertos. Más de 184 millones de pesos circulando entre hoteles, restaurantes, vendedores y prestadores de servicios. Y al final, ninguna sirena marcando tragedia.
El dato frío importa, pero importa más cómo se llegó ahí. El salto respecto a la edición cuarenta no fue menor. Diez mil personas más, mayor presión sobre servicios, mayor riesgo operativo y una ciudad que, aun así, sostuvo el ritmo. Eso no ocurre por inercia ni por buena suerte. Ocurre cuando alguien se hace cargo y lo hace bién.
En ese punto aparece el trabajo del alcalde Samuel Borbón Lara, no como figura decorativa del presídium, sino como operador político y administrativo de un festival que exige coordinación diaria. Seguridad, movilidad, limpieza, atención al visitante y diálogo constante con el estado. El FAOT no perdona improvisaciones y esta vez no las hubo.
La presencia de Beatriz Aldaco, desde el Instituto Sonorense de Cultura, fue parte de una fórmula que funcionó. Estado y municipio caminaron en la misma dirección, con policías estatales y municipales, Protección Civil y personal del C5 trabajando como engranes visibles de una maquinaria que mantuvo el orden aun con la ciudad a tope.
Saldo blanco no es una frase hueca cuando se traduce en familias caminando de noche, artistas entrando y saliendo sin contratiempos y visitantes que regresan a casa con la idea de volver. Álamos respondió al tamaño del festival sin romper su equilibrio.
El Festival Alfonso Ortiz Tirado confirmó su peso como uno de los encuentros culturales más relevantes del noroeste, pero también dejó una lectura política clara. Cuando un municipio pequeño enfrenta un evento grande, la diferencia entre el caos y el orden suele tener nombre y apellido. Esta vez, el festival no tapó fallas ni escondió tensiones. Al contrario, exhibió capacidad de gobierno.
Al final, cuando se apagan los escenarios y se vacían las plazas, lo que queda es la memoria colectiva y la derrama que sigue moviéndose semanas después. Álamos cerró el FAOT con la ciudad en pie, con más visitantes que antes y con la vara más alta para el próximo año. Esa es la consecuencia real de hacer las cosas bien.

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